miércoles, 1 de diciembre de 2010

Ironía

La convicción de que empecé a ignorar mis ganas de escribir me da mil vueltas por la cabeza. Y la verdad es que me olvide de como hacerlo, olvide la receta del pastel. Se me olvido como poder expresar al mundo un grito, o simplemente un susurro de mi intensidad-miel-mierda-neurosis. Simplemente ya no se como hacerlo, ¿sabes como? Solo se juntar las palabras cuando escribo algo sobre mi enojo por no ser capaz de traducir un grito que me implora salir. Una gran ironía, dicho sea de paso.

No me extraña encontrarme a mi mismo de vez en cuando formando frases inconexas en mi mente, pero carajo, nunca llegan a la PC. He ido perdiendo la facilidad de jugar con las frases y las palabras y lo peor es que mi mente no ha parado de pensar ni un segundo. Alguien me dijo que esto puede ser fatiga mental y creo que bien podría ser esa la respuesta, porque miles de cosas han invadido mi mente desde que empecé a caer en el vacío de las palabras escritas.

Son las decisiones que no tomo, el estres constante que genero cuando las cosas no salen como las había planeado, son crisis sin lógica, un cansancio que solo me da ganas de dar la vuelta a la pagina y dormir. Y justo eso es lo único que tengo ganas de hacer, ausentarme de mi mundo loco e ir a un lugar donde pueda volver a ser yo y obtener solo la parte positiva de este caos. 

Tal vez aun pueda ir a alguna playa donde nadie me conozca y pueda hacer una sola cosa a la vez en lugar de tener que enfrentar todo revuelto.

viernes, 1 de octubre de 2010

¿Sabes como?


Estoy en el coche. Tú mientras tanto, vas conduciendo, hablando de tu despertar, de tu colección de corazones robados en los bares que visitabas, de los años que se cuelgan en los hombros, de tus vacaciones en europa… Y suspiras “Ay! ¿cómo pasa el tiempo, verdad?”… Y tú continuas explicándote… las fiestas salvajes que tenias en el rancho, las declaraciones de corazones mentirosos que buscaban probar nuevas bocas....Y te vas explicando, naciéndote. Y yo te escucho, atentamente, en esas llamadas a media noche que pintaban la noche amarilla, y te escucho cuidadosamente… Y yo estoy atrás, siempre atrás, deseando ocupar el sillón del copiloto, allí donde te observo… Allí donde el retrovisor me regala la triste felicidad de ver tus pequeños ojos aceitunados. Tus ojos felinos.